1754. Viernes, 28 enero, 2011

Capítulo Milésimo septingentésimo quincuagésimo cuarto: Cuando una batalla está perdida, sólo los que han huido pueden combatir en otra (Demóstenes, 384 a.C. – 322 a.C.; estratega ateniense)

En los asuntos del conocimiento bíblico ajeno al propio de uno mismo, siempre ha habido unos pueblos más prácticos que otros. Los asirios, por ejemplo, eran extremadamente decentes en esos asuntos. Castigaban severamente el adulterio. Bueno, más bien castigaban a los adúlteros; a ella le cortaban la nariz mientras que él era cuidadosamente castrado. Además, si en el entendimiento en cuestión se demostrara o demostrase que hubiera o hubiese habido celestinas que hubieran o hubiesen ayudado a la consumación del asunto, (que para algo están los amigas), se le cortaba, a la emprendedora mediadora, una oreja. (Sí, les gustaba cortar cosas, qué le vamos a hacer).

Es incómodo y estéticamente feo, lo sé, pero sin nariz se puede respirar. No es agradable andar por la vida sin oreja (aunque te evite que te tiren de ellas en tu cumpleaños), pero se puede oír bastante bien sin ella. Conclusión: desde siempre ellos son los que se llevan la peor parte. Y van allí donde saben que más va a doler.

… más “historias extra-ordinarias”

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