1285. Viernes, 31 octubre, 2008

Capítulo Milésimo ducentésimo octogésimo quinto: "Con amor de
todos tus hijos, menos de Ricardo que no dio nada" (Epitafio en una
lápida del cementerio de Salamanca)

Ya lo he comentado alguna que otra vez que haber nacido cerca de un
cementerio de provincias, marca. Y si además de los novios adolescentes
-del que uno estuvo enamorado eternamente durante casi una semana- era
hijo de un marmolista lapidero que se llevaba el trabajo a casa, no
tiene nada de particular que siempre vea con cierta simpatía todo lo
relacionado con esos bloques de apartamentos apaisados, tan adornaditos
de cipreses ellos, llamados cementerios.

Y más en estos días.

Valga la anterior introducción para justificarme por haber vuelto a
encontrar -y a releer- un artículo, entre burlón y divertido, sobre
curiosos epitafios que adornan algunas lápidas en forma de sentencias
capaces de resumir toda una vida en una sola frase; como la de aquel
individuo que jamás había estado enfermo y un día que se sintió mal, su
familia insistió en llamar al médico y a pesar de negarse con todas sus
fuerzas, acabó tomándose la medicina. El epitafio de su tumba lo dice
todo: "Fallecido por voluntad de Dios y de un médico imbecil".

Algunos son tan amables que hasta explican cual fue la involuntaria causa que le llevó a ocupar su sitio: "Buen esposo, buen padre, pero mal electricista"

Anotaciones sepulcrales que hablan perfectamente del carácter de la familia del forzoso inquilino, como aquella en la que se puede leer en el costado de una lápida del cementerio de Barcelona "Este sepulcro lo pagó su hijo Paco".

O aquel otro de una señora que no quiso renunciar a lo que tanto le había costado y que hizo inscribir a su muerte: "Aquí yace Mercedes que murió tres días antes de ser Marquesa".

Agitadores y contestatarios hasta el final, como aquel que se rebeló
en su última despedida escribiendo de epitafio una pregunta a la que
nunca nadie le va a contestar: "¿Qué tenía Lázaro que no tenga yo?"

Los hay poéticos, llenos de amor, repletos de melancolía, y hasta
con un extraño e inquietante sentido del humor que demuestra cómo hasta
en las situaciones más difíciles, hay quien no pierde la guasa: "Aquí reposa Margarita, que falleció a los diez meses de edad. ¡Qué pronto empezaste a darnos disgustos!"

Por cierto, ya que estamos metidos en el tema de epitafios y lápidas
por aquello de ser víspera de la fiesta de los muertos y tal, un
momento (coñazo) petete para acabar: el origen de la palabra "cadaver" se remonta a la época romana donde existía una losa sepulcral que llevaba la inscripción: "caro data vermibus" (carne entregada a los gusanos). Con el tiempo y la erosión, algunas letras se fueron borrando hasta que sólo se pudo leer: ca.. da.. ver.. y así se quedó.

… más "historias extra-ordinarias" todo el fin de semana

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